Hector Alvarez -
sex at 12:58 -
Pessoal -
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No hace falta ser un "preso político" para que el peso de la injusticia aplaste el alma. Existe otra categoría de olvido: la del ciudadano común atrapado en los engranajes de una burocracia sorda. Es la historia de Pablo Efraín Maurera, cuya vida se ha convertido en una cuenta regresiva que siempre vuelve a cero bajo el expediente NP01-P-2022-005639.
Detenido en mayo de 2022 bajo una simulación de hechos, Pablo conoció el infierno antes que la justicia. Sus primeros meses transcurrieron en el CICPC del Estado Monagas, confinado en un espacio de 3x6 metros junto a 42 hombres. Allí, donde el aire falta y la dignidad se negocia en bolsas plásticas para las necesidades más básicas, Pablo comenzó a escribir. Sus cartas a su madre eran el único puente hacia un mundo que parecía haberlo borrado.
UN LABERINTO DE JUECES Y OLVIDOS.
Hoy, a las puertas de cumplir cuatro años de encierro, el expediente de Pablo es el retrato del vacío procesal en Venezuela. Su primer juicio duró un año y medio; más de 40 audiencias donde el tiempo se diluía entre ausencias de testigos y funcionarios que jamás llegaron. Cuando la verdad parecía asomarse, la justicia dio un portazo: el juez fue jubilado y el juicio, simplemente, se borró.
En 2025, la esperanza se renovó con un nuevo juez y un proceso que alcanzó el 80% de las pruebas. Pero la historia, con una crueldad circular, se repitió: en enero de 2026, el juez fue destituido. Por segunda vez, el juicio de Pablo ha sido interrumpido. Cuatro años de vida convertidos en papel mojado.
LA PLUMA COMO ÚLTIMO REFUGIO
En el Internado Judicial de Monagas, Pablo lucha por preservar su mente frente al deterioro del encierro. Mientras compañeros como Richard Dubar —quien suma ocho años y cuatro juicios interrumpidos— ven sus recursos legales naufragar en el vacío, Pablo se aferra al papel.
Se ha refugiado en los libros con una disciplina superior a la de sus años universitarios, demostrando que el intelecto es el único espacio que los barrotes no logran quebrar. Redacta su autobiografía y cartas que han conmovido incluso a sus propios custodios. Sus letras son el testimonio de un hombre formado: un ciudadano que no suplica clemencia, sino que exige el derecho sagrado de demostrar su inocencia.
De continuar así, el sistema podría arrebatarle seis años de vida antes de dictar una sentencia. Por ello, la urgencia ya no es solo legal; es una cuestión de supervivencia humana.
En este rincón del mundo donde el tiempo no corre sino que tropieza, Pablo Efraín Maurera ha aprendido que la justicia tiene el paso lento de las tortugas y el corazón de piedra. Sus cartas, escritas con la tinta de la nostalgia, son barquitos de papel lanzados a un mar de expedientes mudos.
Es por eso que hoy, con la humildad de quien ya no tiene nada que perder salvo la esperanza, invocamos la mirada de las altas magistraturas del Tribunal Supremo de Justicia en Caracas. Que un soplo de sensatez jurídica permita que este hombre aguarde el nuevo amanecer de su juicio bajo el techo de su propia casa, en la calidez de su hogar caraqueño. Porque no hay sentencia más amarga que la de ser inocente y ver cómo la vida se deshace entre las manos, esperando un veredicto que el viento, en su capricho, se empeña en postergar.
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